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¡Una reflexión que “suena” cada vez más fuerte !

Fotos de Silvana Wolfson

LA MÚSICA Y NUESTROS NIÑOS

 

Fotos de Silvana Wolfson
Foto de Silvana Wolfson Grabación de               EL PLANETA SONORO de Mariana Ingold .

Hace un tiempo empecé a sentir una fuerte preocupación entorno a algunas cuestiones del vínculo que los niños tienen con la música en la actualidad. Inicialmente mi preocupación surgió a partir de algunas experiencias de las que mis hijos han sido partícipes. Comencé a observar con más detenimiento cómo se producía esa relación de los niños (más allá de mis hijos) con la música y me dieron ganas de escribir algunas cosas. Son reflexiones, no pretenden rigurosidad de ningún tipo.

He aquí la preocupación: comencé a asistir a eventos (educativos, fiestas de cumpleaños en salones contratados, fiestas familiares, eventos para niños en la vía pública) en los que el uso de música masificada se encuentra absolutamente naturalizada. Con música masificada me refiero a aquella que es producto de la industria cultural. La que erige figuras efímeras que en cortos lapsos de tiempo se hacen famosas, reciben muchísimo dinero y pasan al olvido, al igual que sus músicas. Son estrellas fugaces que muchas veces ni siquiera son los propios autores de sus supuestas composiciones. En sus canciones no se reconocen raíces culturales propias del contexto del que surgen. Sus seguidores (constituidos en grandes masas) no eligen deliberadamente escuchar esa música, más que autónomos parecen autómatas. “Escucho esto porque todos escuchan esto, mañana cambio, y aquello me lo olvido”. No queda huella porque esa música no porta sentido que haga lazo subjetivo. No es que esa música no produzca subjetividad, claro que lo hace. Una producción subjetiva con poco margen para el cuestionamiento. Lo que posiblemente haga lazo subjetivo no sea la música en sí, sino el modo de escucha, la relación que las personas establecen con ella. Una relación marcada por el consumo masivo.
Ejemplos de esa música en la actualidad es el reggaetón, el trap o la cumbia pop (antes la cumbia villera). La referencia a los géneros puede resultar reduccionista o injusta. Ningún género es homogéneo y en general se pueden rescatar manifestaciones interesantes en los orígenes de casi todos. Me refiero a sus expresiones comerciales.

No pretendo hacer un análisis musicológico de estas músicas porque me excedería ampliamente. Solo mencionar la pobreza melódica, armónica y tímbrica, su carácter monótono y repetitivo, así como lo denigrante de sus letras. Promueven un modelo de relacionamiento humano muy pobre (o mejor dicho salvaje) en el que se destaca el lugar de la mujer en tanto objeto. Lo mismo cuando estas músicas son acompañadas de videos (hoy es casi impensado que no tenga video, como si escuchar no fuera suficiente y necesitáramos reforzar con la imagen, pero eso lo dejamos para otros párrafos). Imágenes grotescas y violentas, por mencionar solo dos de sus cualidades. Pero no me interesa únicamente hacer un descargo sobre estos géneros musicales y los empresarios macabros que hacen fortunas con los millones de “me gusta”. Me interesa pensar en cómo nos relacionamos con esa música y el modo en que naturalizamos y hasta promovemos que el dembow (base rítmica del reggaetón) constituya la cortina musical de los eventos a los que asisten nuestros niños.

 

Una percepción que tengo es que la preocupación y el cuidado por parte de los adultos parecen disociados. Veo que por un lado nos alarmamos con fantasmas virtuales (momo, ballena azul, etc.), multiplicamos infinitamente por las redes cualquier evento de inseguridad en las escuelas, espacios públicos y privados (acción que no hace más que alimentar y favorecer su reproducción), pedimos cámaras de video vigilancia en todos lados, guardias armados y todo lo que sume en esa línea. Entiendo que es un discurso marcado por la desinformación y el miedo, un miedo que paraliza (no es ese miedo que motoriza y nos protege), nos deja solos, paranoicos. Me pregunto a qué le tememos y cómo funciona ese mecanismo.
Y por otro lado exponemos a los niños a estos productos del mercado, portadores de mensajes siniestros. Exponerlos a esto, además de adultizarlos, es colocarlos en el lugar de jóvenes consumidores. El mercado allí es muy sabio, junta dos tesoros: la infancia y la música. Ahí está la disociación: entre el cuidado (a mi gusto guiado por el discurso del miedo) y el descuido absoluto. Definitivamente creo que no somos conscientes de la función que ocupa la música en la construcción subjetiva. Ella está en todos los momentos de la vida cotidiana y nos acompaña desde que nacemos hasta que morimos, nadie es indiferente a la música.

 

Recital de Eduardo Yaguno , Feria del Libro Infantil.

A esta realidad –insisto- preocupante, le hace contrapeso otra realidad esperanzadora. Así lo quiero creer, si de voluntad se trata. Nuestro país está lleno de personas sensibles que hacen música de alta calidad para niños. No tengo cifras ni puedo compararlo con otros países, pero créanme que son muchos. Les interesa encontrarse con el juego, la risa, el baile, las fantasías de los niños. Componen, graban y tocan sacando poquísimo rédito económico. Muchos de ellos son talleristas o profes de música y saben bien de qué se trata la cuestión. La reman, militan. Esta música llega a algunos niños, lamentablemente no a la mayoría porque los medios (salvo pocas excepciones) no les dan casi lugar y el mercado no se alimenta de sus productos.

 

Hace poco volví a escuchar la discografía completa de Canciones para no dormir la siesta. Ahí está una de las raíces más nutritivas y firmes de nuestra identidad. Siempre fui fan de Canciones, me sé todos los temas, con arreglos y parlamentos hablados. Siempre soñé (desde niña) con que me invitaban a cantar con ellos. Son mis amigos, me conocen, así lo siento. Ese día empecé a pensar cómo me había llegado esa música. Fue a través de mis padres. A ellos les emocionaban algunas partes, yo no entendía mucho en ese momento, pero eso me llegaba tanto o más que la propia música. Luego resignifiqué. Tanto sus arreglos como sus letras fueron portando diversos sentidos en los diferentes momentos de mi vida. Y aquí es donde me interesa detenerme para terminar: la música no es únicamente lo que suena. La música hace sentido por varios factores: por el momento socio-histórico-político en el que nace, por la vivencia asociada a su escucha, por la persona que nos la presenta. Hoy la música nos la presenta el algoritmo de la web (guiado por intereses capitalistas), pocas veces llega de la mano de un tío melómano, de un hermano rockero o una amiga salsera.

Yo sé que estos párrafos suenan rotundos y generalizantes. Podrán pensar “no es tan así” o “no siempre es así”. Está bien, sepan disculpar, fue como pude escribir desde esta preocupación. Sé que los sistemas no son monolíticos, siempre hay fisuras y gracias a ellas somos lo que somos también.

Cierro con un llamado a resistir desde la música, a reconocer raíces identitarias, a mostrar alternativas, a cuestionar lo dado. No creo que la prohibición y la censura sean el camino, posiblemente haya que escuchar también cuando un gurí canta eso, para saber qué canta cuando lo canta. Pero sin abandonar la trinchera. Conectando siempre con las expresiones que producen sentido, que nos conectan con otros y hacen lazo, sea música creada para niños o no.

Aprovecho la proximidad de las vacaciones de julio para recordárnoslo cuando estemos nadando en el mar de ofertas que ofrece la cartelera de espectáculos.

Luciana Bibbó